¿ESTAMOS REALMENTE TAN ENFERMOS?. LA MEDICALIZACIÓN DE LA VIDA.

Enviado por Ana Merino Sancho el Lun, 12/02/2007 - 23:49.
Reflexión:

LA MEDICALIZACIÓN DE LA VIDA: PROMOCIÓN DE LA ENFERMEDAD

 

¿ESTAMOS REALMENTE TAN ENFERMOS?

 

 

            La vida es un intercambio recíproco entre el entorno y  la persona a través del cuerpo. El cuerpo es nuestro medio de comunicación.

 

            Pero el cuerpo, además de su dimensión individual, tiene una dimensión social que está condicionada por nuestro entorno socio-cultural. Esto afecta a la percepción que tenemos de nosotros mismos, de nuestro cuerpo.

 

La relación que toda persona desarrolla con su cuerpo es algo que se va modificando a lo largo del tiempo y que condiciona su relación consigo misma, con los otros y con el entorno.

 

Con todo esto, la tarea de apropiación de nuestro cuerpo es un camino de maduración y de salud que encuentra múltiples obstáculos en una sociedad consumista donde tanto el cuerpo como la salud se han convertido, a través de los medios de comunicación, en meros objetos de consumo.

 

Hoy día se tiende a patologizar  muchos de los procesos vitales y fisiológicos propios de la vida, lo que conlleva efectos negativos para la salud. De forma paralela, este afán de convertir en patológico lo que es fisiológico, conlleva unas repercusiones sociales y económicas nada desdeñables. Esto es especialmente patente en el caso de las mujeres.

 

            Por ejemplo, las características propias de la adolescencia hacen que los aspectos relacionados con el cuerpo (interés por el cuerpo, descubrimiento del sexo, etc.) estén muy presentes, pudiendo ser fuente de conflicto. Durante esta etapa a menudo se produce la no aceptación del propio cuerpo como consecuencia de la presión mediática que promulga unos cánones de belleza alejados de la realidad, por ejemplo, la delgadez extrema. Podríamos cuestionarnos acerca de cuáles son los sentimientos y el autoconcepto, cuál es la relación con el entorno que desarrolla un o una adolescente que siente que su cuerpo en transformación no está a la altura de las características impuestas por la moda. No obstante, esta es una situación  que ya depasa la etapa adolescente dada la importancia creciente que tiene la consecución de una determinada  imagen personal como elemento de aceptación en  nuestra sociedad.

 

            Por otro lado, la industria farmacéutica “planea” sobre la fisiología medicalizando los procesos naturales de la vida. En el caso de las mujeres, muchos trastornos del ciclo menstrual se tratan con anticonceptivos u otros tratamientos hormonales lo que implica estar tomando hormonas durante gran parte del tiempo que dura la vida reproductiva de la mujer.

 

            Hoy día se equipara “salud” con “medicación” y con los mal llamados diagnósticos “preventivos”. Nos hacen creer que nuestros procesos fisiológicos son patológicos y que requieren de un control técnico, lo cual nos convence de nuestra incapacidad para gestionar nuestra propia salud sin la estrecha tutela de un vigilante. En el caso de las mujeres, se medica la menstruación, se medica el embarazo y el parto, se medica la sexualidad, se medica la menopausia. Nos medicalizan el cuerpo. Se medicaliza a la mujer.

 

 

LA SALUD COMO BIEN DE CONSUMO: LOS TRAFICANTES DE ENFERMEDADES.

 

            Siguiendo con el ejemplo de las mujeres, el mensaje difundido a través de la información o de la publicidad procedente de los medios de comunicación es que la fisiología de la mujer necesita de intervención profesional.

 

Además, se transforman en síntoma o en enfermedad algunas de las limitaciones que la mujer puede tener en su vida diaria y, haciendo un uso inadecuado de la prevención, se la hace enferma para vivir más saludablemente. La industria farmacéutica y la de la estética (que en determinados casos es la misma) explotan estos límites amplificándolos y generando una angustia en la mujer y una demanda asistencial inadecuada. Es decir, a nivel social se transmite un modelo de lo que debe ser la salud y de lo que es la enfermedad que no coincide con la realidad y que responde a otro tipo de intereses.

 

            La industria farmacéutica tiene recursos poderosos para catalogar y sancionar como enfermedad esas limitaciones o acontecimientos normales fisiológicos. De esta manera, se genera una angustia, a la vez que se crea la ilusión  de la ausencia del dolor y del sufrimiento, que hace que las personas estén insatisfechas totalmente con su cuerpo y con su vida, y confundan sus límites e insatisfacciones (por otro lado normales e inherentes a nuestra condición humana) con la enfermedad.

 

            De igual forma, se juega con los conceptos. Así la auténtica PREVENCIÓN no tiene nada que ver con pruebas diagnósticas e ingesta de fármacos; tiene que ver con nuestro estilo de vida y forma de vivir, y con nuestro esfuerzo personal, es decir, CON NUESTRA PARTICIPACIÓN ACTIVA EN EL MANTENIMIENTO DE NUESTRA PROPIA SALUD. Pero no es esa la idea que recibimos.

 

            Por otro lado, hoy día es frecuente la demanda por parte de las personas de bienestar inmediato sin querer asumir ningún tipo de compromiso personal, lo cual dificulta aún más el entendimiento de la verdadera prevención.

 

Cualquier molestia es motivo de consulta, con el consiguiente gasto de tiempo y de dinero, además del riesgo de hipermedicación por la frecuente respuesta automática de recetas. Se solicita y prescribe pastillas para todo sin tener en cuenta sus efectos adversos.

 

            Esta “cultura de la pastilla” en la que estamos inmersos, está mediatizada por un conglomerado de intereses económicos, políticos y profesionales que constituyen una intrincada red más difícil de romper porque quienes la conforman  se han convertido en los “ Promotores de la Salud”.

 

Detrás de todo este panorama hay además un suculento negocio con abundantes beneficios económicos para las industrias implicadas. A la vez que existe un interés en crear y perpetuar enfermedades. Y esto, por otro lado, afecta a otros niveles con implicaciones sociales y humanitarias. De hecho, la investigación médica está determinada en función del beneficio económico potencial lo que condiciona, por ejemplo, que las enfermedades reales que afectan a los pobres no tengan demasiadas opciones terapéuticas disponibles ya que no se investiga en ellas a pesar de que afecten de forma grave o mortal a millones de personas, y sean potencialmente curables.

 

Los medios de comunicación social son un punto de referencia informativo que interesa mucho a la industria farmacéutica, pues se sabe que a través de ellos se crean las necesidades y se difunde una determinada cultura de la salud que conlleva demanda asistencial y así favorecer los intereses de dicha industria.

 

Otro aspecto importante que no debe ignorarse es el sesgo de la formación que reciben los profesionales dado que, en muchos casos, es proporcionada por la propia industria lo que, a su vez, condicionará la actuación del profesional por un lado, y la validez de la información por otro.

 

 

LA PATOLOGIZACION DE LA VIDA COTIDIANA.

 

Actualmente, existe una tendencia a convertir a las personas en pacientes generando así un mercado inagotable.

 

En este sentido, ciertos autores denuncian que las industrias farmacéuticas han sustituido a la OMS en la definición de enfermedades y que se organizan reuniones de expertos donde se generan opiniones que, con el marketing adecuado, se convertirán en nuevas enfermedades que, a su vez, servirán para promocionar nuevos fármacos…de los que seguir obteniendo beneficios económicos.

 

Por otro lado, la medicalización no sólo lleva a un tratamiento a veces  innecesario o potencialmente lesivo, sino que también sirve para oscurecer las raíces sociales, económicas y medioambientales de la enfermedad.

 

La condición de enfermo es compleja. No responde únicamente a la respuesta o no frente a un tratamiento farmacológico, sino que radica también de forma importante en la propia voluntad de salir o permanecer en dicha condición. Dicho de otra manera, en querer dejar de serlo o en identificarse con dicha situación.

 

Lamentablemente, son muchas las personas que sólo quieren enfrentarse a sus dificultades con pastillas, afrontando las enfermedades o el sufrimiento con la conciencia de que la salud se compra y se vende. Así se olvida o ignora el alcance del propio potencial que todos tenemos en el mantenimiento o creación de nuestra salud.

 

Según el autor Ivan Illic, la medicalización de la vida produce la destrucción de la capacidad de la gente para afrontar el dolor y la disminución de la implicación activa de los pacientes en su propia salud.

 

La medicalización de la vida,  consecuencia de la patologización de la vida cotidiana, nos debilita y nos hace perder parte del poder de autogestión de la salud que todos tenemos. Recuperarlo es una decisión personal pero también posible.

 (Muchas de la ideas mencionadas han sido extraidas del artículo publicado por Mª Isabel Serrano González en la Revista A TU SALUD, nº 55-56, Octubre 2006)

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